Nuestros
fundadores
Madre Angelina Rusconi Rolleri
Mons. José Juan de Jesús
Herrera y Piña
RESEÑA DE LA VIDA DE LA MADRE ANGELINA RUSCONI ROLLERI.
Madre Angelina Rusconi Rolleri, nació el 4 de Abril de 1874, en Villo Piacenza, al norte de Italia. Sus padres fueron don Carlos Rusconi y doña Josefina Rolleri, católicos comprometidos con su fe. Tuvo dos hermanas religiosas y un hermano sacerdote.
Ella relata en uno de sus escritos, que desde su más tierna edad sentía en el secreto de su corazón que Dios quería, pedía alguna cosa de ella. Ese deseo creció más fuertemente el día de su primera comunión y al ser confirmada y mucho más, al entrar a la vida religiosa.
RELIGIOSA CON LAS HIJAS DE MARIA AUXILIADORA.
Ingresó al Noviciado de las Hijas de María Auxiliadora (Salesianas), el 15 de Diciembre de 1894 y después de la profesión religiosa, el 29 de Octubre de 1895, pidió ser enviada como misionera. Sus superioras le concedieron este deseo y la destinaron a México, a donde vino con grande alegría, porque creía que así podría responder a los deseos y luchas que tenía en su corazón.
Hizo un viaje con muchos obstáculos en un buque mercante y cuenta que la Virgen la salvó milagrosamente muchas veces, por lo que, al llegar a México, nació en ella un amor entrañable a la Sma. Virgen de Guadalupe.
Llegó a México el 12 de Enero de 1896, a la edad de 21 años. A los 4 años enfermó gravemente y pensando que estaba cercana su muerte, se le administró la Unción de los Enfermos y se le dieron los Votos Perpetuos. Pero Dios la tenía destinada para una obra grande y pudo recuperarse de la enfermedad.
En nuestra Patria desempeñó diversos cargos en las Casas y Colegios de las Hijas de María Auxiliadora: Asistenta en el Noviciado, fundadora y directora del colegio de Guadalajara, responsable de la casa de Morelia, directora del colegio de Chipilo, Pue., asistenta en el cuidado del Oratorio Festivo. En todos estos lugares fue muy querida por sus hermanas de comunidad y por las alumnas.
Mujer valiente, consciente de lo que pedía la realidad que le tocaba vivir, debido a la persecución religiosa se quita el hábito religioso para continuar enseñando en su colegio, y no duda de presentarse ante el Gobernador de Morelia para pedir, primero, se suspendiera la confiscación de su colegio, y posteriormente la expropiación del mismo.
Se presenta ante él nuevamente para obtener así mismo el permiso de continuar trabajando en favor de la juventud.
REVELACIONES.
El 17 de Junio de 1917, fue destinada a la casa de Patterson, E.U.A. Ella pensó que ya no volvería a su querida Patria adoptiva, pero Dios, en su Providencia Divina, la preparaba para su nueva misión.
Fue en Patterson, donde el Señor, en su gran amor y misericordia, en una serie de experiencias espirituales le manifestó lo que quería de ella; aquello que hacía tiempo ella sentía y no alcanzaba a discernir: “QUIERO UN NIDO DE ALMAS VICTIMAS, EN DONDE YO PUEDA ENCONTRAR AMOR, REPARACION Y EL REFUGIO DE MIS MAS PURAS DELICIAS”... HE AQUI EL CAMPO DE TU MISION”.
Dice que un continuo sentimiento le decía: “SUFRE Y CALLA POR EL TRIUNFO DE LA RELIGION EN MEXICO, SUFRE Y CALLA, MAS BIEN OFRECETE A TI MISMA COMO VICTIMA POR EL FELIZ RETORNO DE LOS OBISPOS Y SACERDOTES A SU QUERIDA PATRIA MEXICANA, SUFRE Y CALLA PARA QUE EL BUEN DIOS CUMPLA EN TI SU SANTISIMA VOLUNTAD”.
El 18 de febrero de 1918 regresó a México, a la ciudad de Monterrey, donde permaneció algún tiempo. Ahí le comunicó a su director espiritual las revelaciones que Dios le había hecho.
FUNDADORA DE LAS VICTIMAS APOSTOLICAS GUADALUPANAS, HOY MISIONERAS CATEQUISTAS DE LOS POBRES.
En 1921, poco después de la llegada de Mons. José Juan de Jesús Herrera y Piña, al Arzobispado de Monterrey, la madre Angelina, enviada por su director espiritual, abrió su corazón también al Sr. Herrera, manifestándole aquel fuertísimo e irresistible impulso que sentía para trabajar con todo empeño por la fundación de una Congregación Religiosa que llevaría el título de VICTIMAS APOSTOLICAS GUADALUPANAS.
Estas almas víctimas se ofrecerían por el triunfo de la Religión Católica en México y se consagrarían a la instrucción y enseñanza del catecismo en casa, fuera de casa, en los pueblos, en las aldeas, en las Iglesias, en las familias, etc..., con el único deseo de extender el Reino de Jesucristo.
Madre Angelina dice en un escrito “Que el Sr. Herrera le aseguró su eficaz ayuda si Dios verdaderamente lo escoge como instrumento de su gloria, para el cumplimiento de sus divinos designios, referentes a tal Misión”.
Poco tiempo después de estar en comunicación con el Sr. Herrera fue trasladada a la casa de Chipilo, Pue., y al despedirse de esta ciudad le dejó una solicitud u oficio en el que le pedía su ayuda y autorización para llevar a cabo la fundación y para solicitar de la Santa Sede el permiso de salir temporalmente de la Congregación de Hijas de María Auxiliadora.
Deseosa siempre de cumplir la voluntad de Dios, le decía en ese documento: “Con ésto, Ilmo. y Revmo. Sr., cumplo el deber que siento que me ha impuesto el Señor. Puesto en sus manos este asunto, si se llevara a cabo o no, no es ya cosa mía. El Señor proveerá. Entre tanto, permanezco tranquila en mi conciencia y al mismo tiempo pronta a aceptar todas sus disposiciones”.
Amaba profundamente a su Congregación y dice en el citado escrito: “...desearía yo también escribir al Santo Padre, para obtener el permiso de no salir de la Congregación de María Auxiliadora, a la que quiero pertenecer toda mi vida, sino para dedicarme a las atenciones que requiere la nueva fundación”.
Y en respuesta a la petición que le hizo el Sr. Herrera de manifestarle por escrito, si, en caso de la fundación y con la autorización de sus superioras estaba dispuesta a dejar temporalmente la Congregación de María Auxiliadora, para poner desde el principio los cimientos del nuevo Instituto, responde: “Considerando las cosas delante del Señor y habiendo sentido que Dios lo quiere así, acepto temblando pero confiada en Dios la grave responsabilidad que V.E. Rvma. me ofrece, bien que deba dejar temporalmente mi carísima Congregación de María Auxiliadora, porque quiero estar dispuesta a sacrificar las cosas más queridas para mí, por el cumplimiento de los divinos designios”.
Mujer de profunda fe y abandono a la voluntad de Dios, ve en las adversidades la oportunidad para ofrecerse como víctima y para crecer en la virtud.
Ante las dificultades para obtener el permiso de salir temporalmente de su Congregación, porque sus superioras no la consideraban apta para guiar el nuevo Instituto, dice en diversas ocasiones: “estoy dispuesta a todo, los díceres, las humillaciones, las cruces más que destruirme me llenan el corazón de una paz inefable y de esperanza”.
Expresa también: “No existe alma más feliz, digo más feliz, porque quien tiene a Dios y en él tranquilamente se abandona, lo tiene todo”.
Probada en el sufrimiento, dice en un escrito al Sr. Herrera: “Le diré un secreto: que la cruz me hace gozar, y mayor agonía me sería no tenerla”.
Mujer de oración y de grande amor a la Eucarístia, encontraba en ellas su fuerza y su consuelo: “La Santa Comunión y la continua oración, son mi esperanza y mi consuelo”, dirá en una carta al Sr. Herrera.
Esta vida de oración era la que le daba fortaleza para estar siempre disponible a lo que Dios quisiera de ella. Por eso dirá con transparencia cuando siente que el Señor le pide un nido de almas víctimas: “No te he dicho nunca un NO y por lo tanto haz de mi aquello que te parezca y agrade”.
El Sr. Herrera tenía la seguridad de que la M. Angelina era una persona de probada virtud, “una de aquellas almas privilegiadas que de tiempo en tiempo suscita el Señor para bien de los hombres, que llevaba como distintivo del amor Divino, el sufrimiento, el trabajo, la humillación y hastas las enfermedades soportadas con creciente resignación”.
Obtenido de la Santa Sede y de sus superiores el permiso para la fundación, llega a Monterrey el 29 de Enero de 1926, junto con una de sus hermanas de Congregación, la M. Dolores Hurtado, para poner los cimientos del naciente Instituto, que empezaría como Pía Asociación.
Elaboradas las primeras Constituciones, el día 21 de Abril de 1926 el Sr. Herrera y Piña expidió el decreto aprobando las Constituciones redactadas en vía de prueba para la Asociación de Víctimas Apostólicas Guadalupanas.
En este decreto designaba a la M. Angelina como Presidenta General de la Asociación y a la M. Dolores como auxiliar y encargada de la formación espiritual de las alumnas.
El sueño de M. Angelina empezaba a hacerse realidad. Nació la Asociación en plena persecución religiosa, con un espíritu de expiación por los pecados cometidos en la Nación Mexicana y con un espíritu misionero que llevaría a sus miembros, “como nuevos y generosos apóstoles, a propagar por todas partes el santo Evangelio, como débiles instrumentos de la gloria de Dios, a la cual se dedicarán con toda generosidad, a pesar de los sacrificios más dolorosos”.
Cuando todo parecía sonreir porque ya se había iniciado la Pía Asociación, se presenta otra cruz para la M. Angelina: la muerte de nuestro Fundador. Continúa con el apoyo de su director espiritual el Sr. Fortino Gómez León, posteriormente Arzobispo de Oaxaca.
Los comienzos fueron difíciles, llenos de carencias económicas, pero llenos también de alegría por los frutos que se iban cosechando tanto en vocaciones como en las primeras misiones en diferentes pueblos de la Arquidiócesis de Monterrey.
De nuevo apareció la cruz. Surgieron problemas tanto internos como externos y se volvió a dudar de su capacidad para guiar el naciente Instituto. Ya no se le reconocían todas las cualidades y virtudes que antes le ponderaban y finalmente, para ella lo más doloroso: tuvo que dejar a las Víctimas Apostólicas Guadalupanas el 26 de Noviembre de 1934.
Comienza así, a los 60 años de edad, como ella decía, un nuevo calvario: dejar a sus Víctimas y entrar a un nuevo discernimiento. ¿Qué quería el Señor de ella? ¿Deseaba que volviera a su Congregación de Hijas de María Auxiliadora?.
No sabemos qué nuevos sufrimientos se le presentaron que la llevaron a pedir su dispensa de votos. Aquí nos encontramos ante el misterio insondable de Dios y de su creatura.
EL FIN DEL BUEN COMBATE.
A partir del 10 de Diciembre de 1934, en los anales del Instituto de Misioneras Catequistas de los Pobres, no se tuvieron noticias de la M. Angelina. Ahora sabemos que se presentaron para ella nuevamente la soledad, el sufrimiento, la cruz y el abandono.
El 29 de Diciembre de 1951, M. Dolores Hurtado, por encomienda de la M. Ercilia Crugnola, Provincial de las Hijas de María Auxiliadora, escribió a la M. Margarita Fernández de Castro, superiora general de las Misioneras Catequistas de los Pobres, notificándole la muerte de M. Angelina, en San Luis Potosí, 17 años después de haberse ido.
En esa carta M. Dolores dice que M. Angelina murió santamente y que “ella fue a recibir el premio de sus sufrimientos, incomprensiones y sacrificios. Ofreciéndolo a Dios con un corazón impregnado de amor por la salvación de las almas y sólo por amor a Dios”.
Posteriormente la M. Crugnola escribió a la M. Margarita diciéndole que M. Angelina le pidió que guardara el secreto de donde vivía, porque deseaba morir desconocida, como había vivido esos últimos años, abandonada solamente en los brazos de la Divina Providencia.
Dice que le impresionó su estado físico y su pobreza, pero moralmente la edificó. Estaba serena y tranquila. No se podía mover, sus dolores eran intensos, ya que tenía reumatismo deformante. Le hizo la impresión de una santa, de una alma TODA DE DIOS, de un alma infantil, siempre con su angelical sonrisa.
Al cumplir las Misioneras Catequistas de los Pobres 50 años de fundadas, ya como Instituto Religioso de derecho pontificio, en 1976, fueron trasladados lo restos de la M. Angelina a Monterrey, recibiendo entonces los honores que, como fundadora de este Instituto, se merecía.
Sor Angelina Rusconi Rolleri, mujer de profunda oración, alegre, sencilla, abnegada, humilde, de un grande amor al sacrificio y siempre dispuesta a hacer la voluntad de Dios, comprendió que su camino era el despojo total. Fue una verdadera pobre de espíritu. Ofreciéndose y viviendo como víctima, siguió los pasos de la Víctima por excelencia, Jesús. Quiso morir y vivir pobre. Se negó a sí misma. Fue misionera en México para fundar una Congregación mexicana misionera.
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Es interesante ver la forma de obrar de Dios en la vida de los hombres. El eligió a Sor Angelina Rusconi y a Mons. José Juan de Jesús Herrera y Piña para una misión específica dentro de la Iglesia.
Estas dos personas de diferente nacionalidad y de diferente cultura, pero ambas de una fe inquebrantable, una esperanza activa y un amor ardiente a Dios y a los hombres, unieron sus ideales, inquietudes y pensamientos, para emprender la Obra que el Espíritu Santo les había inspirado para responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia de ese tiempo: la fundación de un Instituto Religioso cuyos miembros, al mismo tiempo que se ofrecieran en expiación por los pecados del mundo, llevaran el anuncio del mensaje salvador a los lugares más pobres y abandonados.
Así, Angelina Rusconi Rolleri y José Juan de Jesús Herrera y Piña dieron con sus vidas GLORIA A DIOS y la siguen dando a través del Carisma que recibieron de Dios y que dejaron en herencia a las MISIONERAS CATEQUISTAS DE LOS POBRES, Carisma que está inserto en la misión evangelizadora de la Iglesia, para anunciar que sólo en Cristo, muerto y resucitado, está la salvación para todos los hombres.
RESEÑA DE LA VIDA DE MONS. JOSE JUAN DE JESUS HERRERA Y PIÑA.
Mons. José Juan de Jesús Herrera y Piña nació en Valle de Bravo, Edo. de México, el 26 de Diciembre de 1865, en el seno de una familia eminentemente católica, siendo sus padres el Sr. don Félix Herrera y la Sra. doña Teodora Piña.
Fue bautizado al día siguiente de su nacimiento y a los nueve meses fue confirmado por el Sr. Arzobispo Labastida, quien al conferirle este Sacramento se le quedó viendo fijamente y dijo: “Este va a ser un gran hombre”.
De su madre recibió una esmerada educación, modales correctos y una rectitud a toda prueba.
El día 2 de Octubre de 1876, a la edad de 11 años salió a la ciudad de Roma, Italia, para ingresar como alumno en el Colegio Pío Latino Americano. Siendo Pontífice S. S. Pío IX, el grupo de estudiantes fue a solicitar su bendición, para que con ella empezaran sus estudios. Juan Herrera llevaba en sus manos un solideo blanco para el Papa, quien lo recibió y quitándose el suyo lo colocó sobre la cabeza de Juan diciéndole: “Tú llegarás a ser un gran obispo”.
Fue un hombre dotado de una gran inteligncia y tuvo grandes logros siendo aún muy joven. Antes de ordenarse sacerdote obtuvo el doctorado en Filosofía y poco tiempo después de ordenado, el de Teología y el de Derecho Canónico.
Tenía gran facilidad para los idiomas: dominaba el italiano, el francés, el inglés y el latín, y traducía el griego y el hebreo.
Después de 14 años en Roma, siendo ya sacerdote, regresó a la Patria, en donde prestó sus servicios como catedrático en el Colegio Clerical de San Joaquín y posteriormente como catedrático y rector del Seminario conciliar de México y de la Universidad Pontificia Mexicana.
Siendo rector de la Universidad Pontificia Mexicana fue nombrado VI Obispo de la Diócesis de Tulancingo por S.S. el Papa Pío X, el 23 de Septiembre de 1907, a la edad de 42 años. Dirigió la diócesis de tulancingo 14 años, (1907-1921), 4 de los cuales estuvo en el exilio. El 7 de Marzo de 1921 fue promovido a la Arquidiócesis de Monterrey
OBISPO DE TULANCINGO.
Pastor infatigable, a pesar de su precaria salud, desarrolló un apostolado asombroso que podemos apuntar en 4 dimensiones:
1. Celo heroico por practicar la visita pastoral.
2. Formador de sacerdotes.
3. Continua preocupación por la educación de la niñez, para salvaguardar las buenas costumbres y fomentar las vocaciones al sacerdocio.
4. Celo por la constante predicación de la Palabra de Dios.
1. VISITAS PASTORALES.
Recorrió tres veces la Diócesis completa de Tulancingo de 1907-1914. A lomo de mula, a pie, en carretas o en angarillas, recorría las más altas serranías, o los campos insalubres, llenos de plagas y faltos de todo recurso de civilización.
Terminó la primera visita en menos de dos años y escribe él mismo: “tiempo relativamente corto, si se consideran las dificultades que por estas comarcas la rodean, y que las vuelve casi impracticables, quedando así nosotros con la satisfacción no solo de haber cumplido con nuestro deber, sino también de haber recorrido hasta las parroquias a donde no habían llegado mis ilustres predecesores, ya sea por lo intrincado de las sendas, ya sea por la escabrosidad del terreno, o bien por la insalubridad de los climas....”
En su primera carta pastoral, que escribió después de haber conocido la Diócesis, decía a sus sacerdotes, cómo el recuerdo de los primeros misioneros lo había animado “para recorrer las mismas distancias y salvar las mismas alturas que vosotros, para descender enseguida a las barrancas y hondanadas, y rodear los ríos, y cruzar los crestones de los cerros, sin amedrarnos ni los profundos abismos que los cercan, ni los ardores del sol, ni la acción del frío glacial, ni la del vendabal, ni la de las lluvias torrenciales o densa bruma, venciendo firmes los peligros...sin proporcionarnos más descanso, que el que proporciona el cambio de trabajo; en el púlpito, en el archivo, en el confesionario, en la administración de los sacramentos...hasta las altas horas de la noche, para reanudar al día siguiente sus fatigas”.
A su regreso del destierro, a mediados de 1918, apenas se había dado a la tarea de reconstruir su devastada Diócesis, cuando ésta se vió azotada por la fiebre española que causó muchas bajas en la población y se dedicó personalmente a auxiliar y a consolar a sus feligreses.
En carta del 11 de Noviembre de 1918, escribe a su sobrino el Sr. Juan J. Paz: “Me verás como un simple vicario, confesando a los enfermos, consolando a los afligidos... Ganas siento de llorar, si no lo hago es por la necesidad de atender a los desvalidos y a los miembros de mi mismo Clero que han dado pruebas de abnegación y de gran virtud”.
En 1919 inicia la cuarta y última visita pastoral. Cuenta en sus cartas de esa época cómo se salvó muchas veces de ser lanzado por la mula en que iba, a un precipicio, en medio de descargas eléctricas y aguaceros de largas horas: “Estuve a punto de morir desbarrancado (3.4.1919).
Cuando se proponía seguir la visita en la región más peligrosa de la Diócesis de Tulancingo sus canónigos trataban de disuadirlo, tanto por los peligros de revueltas y asaltos como por la inclemencia del tiempo y él respondió: “Soy pastor y no se cómo estarán en estos momentos de sacudimiento político, aquellas lejanísimas ovejas. Iré pues a ellas y Dios se servirá hacer de mí lo que le plazca. Me inquieta la cuenta que alguna vez como Obispo tendré que rendir de esta heredad. Mejor animadme y rogad por mí”
Su salud quebrantada no le impedía aquellas andanzas misioneras, y él mismo se sorprendía de su resistencia, pues escribe a su sobrino el Sr. Paz: “No sé cómo la muerte no me ha arrebatado aún de entre los vivos...”
Sin embargo, se vió precisado a suspender la visita. El mismo escribe de Huejutla: “Es posible suspenda la visita, porque, aparte de habérseme llagado las piernas, a consecuencia de las nihuas y el pinolillo, se me ha recrudecido tanto el reumatismo, que mis pies parecen bolillos de tambora. Parecía que me iban a estallar en medio de agudísimos dolores. Ya no me entran ni el calzado ni los calcetines”.
El Padre Arturo Arellano, en carta del 1o. de Marzo de 1920, da testimonio del celo pastoral heroico de Mons. Herrera: “¡Pobrecito de mi Prelado! Hoy lo quiero más que antes. Pues debe usted saber que (aunque él lo omita), la pesada jornada de su visita pastoral, ha sido la causa de sus males, dado que no teniendo donde dormir y después de bajar a pie la cuesta que conduce a Pisaflores, se quedó en un jacalito lleno de lodo hasta la rodilla y por tanto con el calzado lleno de agua. Todo medio día y parte de la noche de bregar entre lodo y agua y semirecostarse sin quitarse los zapatos hasta el otro día, era y fue más que suficiente para enfermar, al grado que apenas podía pisar un poco por la reuma que le sobrevino. Dios quiera darle la salud en pago de su apostolicidad”.
En camilla y en silla de manos regresó a Tulancingo, deteniéndose todavía en cada poblado del camino, para administrar la confirmación, confesar y predicar, sentado y con las piernas sobre alguna almohada.
El 14 de Abril de 1914 emprende una peregrinación a Roma, y a su regreso, en la Habana se dió cuenta de que la Revolución había hecho grandes estragos, sobre todo en su Diócesis, donde había sido despojado de todas sus pertenencias y de su residencia episcopal y además de que corría peligro su vida si llegaba a tulancingo, razón por la cual tuvo que irse al exilio a los Estados Unidos.
2. FORMADOR DE SACERDOTES.
Se dedicó con esmero a revitalizar el Seminario. Con la experincia adquirida en el Seminario Conciliar de México, renovó el plan de estudios del seminario de Tulancingo, acondicionó los edificios y envió a los alumnos más prometedores a estudiar en la Pontificia Universidad Gregoriana en Roma.
Estando en el destierro en los Estados Unidos de Norte América, en el primer año, apoyado por la Catholic Church Extension Society y por encomienda de los Obispos mexicanos, fundó el Seminario de San Felipe, para estudiantes mexicanos, en Castroville, Texas, del que él fue su primer rector. De esta manera sentía que estaba en el destierro, no como quien descansa tranquilo mientras los hermanos sufren, sino trabajando por ellos de una manera eficaz: preparando sacerdotes a la altura de las necesidades de la época.
Sencillo, cercano y comprensivo con sus seminaristas y sacerdotes, abundan los testimonios:
En carta del 8.7.1921, el P. Jesús M. González le escribe: “Jamás olvidaré las finezas de un Padre tan bueno y un amigo tan cariñoso”.
Y el P. Antonio Sánchez Huerta, en carta del 18.7.1921: “...sintiendo la pena más grande porque deja a los que amó, con su separación, doy a vuestra Señoría las más infinitas gracias por todos los beneficios y gracias singulares que recibí de vuestra Señoría Ilustrísima”.
Un testimonio más es el del P. Francisco Vaca: “Después de Dios, V.Señoría es quien más derecho tiene a mi cariño; y nunca olvidaré los cuidados que me prodigó cuando aún era seminarista, y las penas que le costé para formar mi espíritu”. Carta 1.1.1924.
3. PREOCUPACION POR LA EDUCACION DE LA NIÑEZ.
Era un apasionado por la educación de la niñez. Fundó escuelas primarias y una preparatoria en la ciudad de México, en Valle de Bravo y Tulancingo, para preservar las buenas costumbres y fomentar las vocaciones, poniendo sus bienes a disposición de estas Instituciones. Igualmente sostuvo en gran parte las escuelas parroquiales de Huahuchinango, Apan, Ixmiquilpan y las dos de Real del Monte. Hombre de visión al futuro, decía: “Hay que atraer a los niños al sacerdocio desde pequeños”.
4. PREOCUPACION POR LA PALABRA DE DIOS.
Predicaba constantemente la Palabra de Dios, no solo en las visitas pastorales, sino también en las fiestas patronales de las parroquias, en las fiestas de la Catedral, en los acontecimientos religiosos de su Diócesis, en las misiones, etc.
Parte de su actividad pastoral fue también su preocupación por la fundación de obras de carácter social católico, como fueron una cooperativa de consumo entre los obreros y una revista que llevaba por nombre “La democracia cristiana”.
OBISPO DE MONTERREY.
Promovido a la Arquidiócesis de Monterrey, llegó a esta Capital Regiomontana el 27 de Septiembre de 1921, y a su llegada dice: “No vine a ser servido sino a servir”. Para eso he venido yo a Monterrey, para servir a ustedes”...La gran confianza que tengo en Dios y que por dicha y fortuna del cielo no me ha faltado nunca, es el secreto y la fuerza con que principalmente cuento y estoy cierto que no me faltará nunca..”
Durante los seis años que el Sr. Herrera dirigió los destinos de la Arquidiócesis de Monterrey, realizó con gran celo su labor de Pastor. Dedicó gran cariño a su Seminario que tenía algunos alumnos de Tamaulipas y Saltillo. En diferentes Diócesis y de acuerdo con los respectivos Obispos, trató de conseguir seminaristas que fueran a estudiar a Roma para la Arquidiócesis de Monterrey.
Como en Tulancingo, dió mucha importancia a las visitas pastorales recorriendo constantmente los pueblos, confortando a sus fieles y dando misiones. Desde allí estaba al pendiente de todos los asuntos de la Arquidiócesis, dando sus disposiciones por medio de una frecuente correspondencia.
Cuando estaba en la Sede, en la ciudad de Monterrey, dirigía personalmente las asambleas de un gran número de obras sociales que ya encontró establecidas; las animaba, defendía a todo trance, e hizo prosperar. Atendía a las personas que en gran número lo visitaban para consultarlo y la predicación y confesión ocupaban un lugar especial en su labor de pastor.
En plena persecución religiosa, el Sr. Herrera fue uno de los primeros Prelados mexicanos que levantaron su voz de protesta contra las leyes que conculcaban los derechos religiosos de los ciudadanos.
Conocía a fondo las leyes políticas de la República Mexicana, y así en la crisis de la Iglesia en el año de 1926, basándose en ellas defendió los derechos de su Patria y de sus hermanos. Así lo demuestran la carta que envió a la Cámara de Diputados de Nuevo León, telegramas al entonces Presidente Plutarco Elías Calles, cartas pastorales dirigidas a sus fieles incluso exponiendo su propia vida y manifestando con ello su fidelidad a la Iglesia y al Papa.
El 8 de Marzo de 1926 envió un telegrama al Presidente Calles, en que le pedía que “por el carácter de nuestro Gobierno Democrático y por razón de humanidad se digne impedir actos que el pueblo considera como ataques a la libertad de conciencia, enseñanza y pensamiento”.
Y, cuando en Monterrey se hablaba ya de la reducción de sacerdotes, en una vibrante Instrucción Pastoral fechada el 10 de Marzo del mismo año, levantaba su voz, para explicar con valentía el fundamento de los derechos inalienables de la Iglesia.
FUNDADOR DE LAS VICTIMAS APOSTOLICAS GUADALUPANAS, HOY MISIONERAS CATEQUISTAS DE LOS POBRES.
Poco después de haber tomado posesión de la Arquidiócesis de Monterrey, se le presentó, enviada por su director espiritual, la M. Angelina Rusconi Rolleri, religiosa de las Hijas de María Auxiliadora (Salesianas), quien le comunicó un fuertísimo e irresistible impulso que sentía para trabajar con todo empeño por la fundación de una Congregación Religiosa, con un grande espíritu de expiación, que llevara el nombre de VICTIMAS APOSTOLICAS GUADALUPANAS.
Monseñor Herrera y Piña sintió que aquel proyecto encajaba perfectamente en sus anhelos y en sus necesidades pastorales, aunque no quiso demostrar su entusiasmo, con el ánimo de reflexionar maduramente delante de Dios y exigir las pruebas del buen espíritu en aquel proyecto:
“No me impresionó mal -escribe-, por el contrario, yo también me sentí movido a trabajar por la realización de esa obra, siempre que en realidad fuera conforme a los deseos de nuestro Divino Salvador”.
Después de la entrevista con la madre Angelina, Mons. Herrera dejó correr un año en que consideró delante de Dios el asunto que ella le proponía. Consultó con personas autorizadas como algunos Obispos y sacerdotes de la Compañía de Jesús y se decidió a tomar con todo empeño la tramitación del permiso para la fundación de las Víctimas Apostólicas Guadalupanas.
Se puede decir que el Sr. Herrera dió a las palabras de la M. Angelina el valor de Palabra de Dios que le expresaban su voluntad.
A fines de 1923 el Sr. Herrera solicitó licencia para hacer la fundación, en un documento dirigido al Santo Padre Pío XI, firmado por 18 Obispos, proponiendo los fines de la nueva Congregación. En este documento decía el Sr. Herrra que el título de Víctimas Apostólicas Guadalupanas, indicaba ya el fin del Instituto:
VICTIMAS, en unión con Jesucristo, porque se ofrecerían en expiación por los pecados propios y de todos los hombres, especialmente los cometidos en la República Mexicana.
APOSTOLICAS, porque, “deberán trabajar con celo verdaderamente apostólico, sin detenerse ante los sacrificios, privaciones, persecuciones, calumnias...en disponibilidad total,...dedicándose a la evangelización e instrucción religiosa de aquellas pobres almas que por la escasez de sacerdotes, o por vivir en lugares muy apartados de las poblaciones, viven en completa ignorancia u olvido de Dios y de los intereses de su alma”.
Viendo el Sr. Herrera que la autorización para la fundación del Instituto se retardaba, se decidió, a pesar de su muy quebrantada salud, a emprender, a mediados de 1924, un viaje a Roma, con el fin, entre otros, de obtener del santo Padre la gracia de proceder a la fundación de las Víctimas Apostólicas Guadalupanas, logrando que le autorizaran la fundación solamente como Pía Asociación, en un documento expedido el 10 de Enero de 1925. La sagrada Congregación para los Religiosos le pedía en el mismo documento, “conseguir una o dos religiosas, hermanas de algún Instituto ya existente, dotadas de tales cualidades que puedan formar convenientemente a las personas reunidas en dicha Pía Asociación”.
El paso siguiente, después de obtenido el permiso de la Santa Sede, fue conseguir la autorización de las superioras de las Hijas de María Auxiliadora, para que le prestaran a la M. Angelina Rusconi y a la M. Dolores Hurtado, para la formación de las primeras hermanas del nuevo Instituto.
Después de casi un año y de muchas dificultades, se logró este permiso, llegando las madres a Monterrey el 29 de Enero de 1926, comenzando desde luego a elaborar las primeras Constituciones y a recibir a las primeras postulantes.
En un decreto expedido por Mons. Herrera el 21 de abril de 1926, fueron aprobadas en vía de prueba las Constituciones para la Asociación de Víctimas Apostólicas Guadalupanas; nombrada como Presidenta General la M. Angelina Rusconi y como ayudante y encargada de la formación espiritual de las alumnas, la M. Dolores Hurtado.
Eran tiempos difíciles para la Iglesia; estallaba la persecución religiosa y brotaba la semilla de un Instituto Religioso femenino misionero con espíritu de expiación.
EL FINAL DEL BUEN COMBATE.
La persecución religiosa se acentuaba cada vez más. El Sr. Herrera abandonó su casa episcopal y a mediados del mes de Febrero de 1927 se ocultó en la casa donde estaban las VICTIMAS APOSTOLICAS GUADALUPANAS, para hacer frente a la persecución y no verse obligado a tomar el camino del destierro, prefiriendo cualquier sacrificio, inclusive el de su vida, antes de separarse voluntariamente de su grey.
En el mes de junio, ya gravemente enfermo, decía a sus Víctimas: “Moriré, pero no las dejaré solas; es preciso que les repita lo que Jesús decía a sus Apóstoles: es bueno que yo me vaya, en el cielo haré más por ustedes y por la santa Iglesia”. “He cumplido mi misión, no tengo nada que hacer en la tierra”.
Siete días duró su gravedad. Tres días antes de morir celebró por última vez la Sta. Misa y continuamente repetía: “QUE SE CUMPLA EN MI LO QUE FALTA A LA PASION DE JESUCRISTO,... QUE SE HAGA EN MI LA SANTA Y ADORABLE VOLUNTAD DE DIOS”.
En el lecho de muerte, uno de sus sacerdotes le decía: “Ilustrísimo Señor, una sus sufrimientos a los de los mártires mexicanos para obtener el triunfo de la Iglesia” Y el respondió: “Sí, y por mis Víctimas y el Seminario”.
Sufría dolores ardorosos muy agudos, dolores que sólo los santos saben soportar pacientemente, pues tenía cáncer.
A los 15 minutos del día 16 de Junio de 1927, exhaló el último suspiro. Fué velado en el domicilio del Sr. don Vicente Bortoni y ese mismo día, a las 5 de la tarde, se inició el cortejo fúnebre hacia el Panteón del Carmen.
El pueblo católico de Monterrey, como en un plebiscito de fe, y en un alarde de su religiosidad injustamente reprimida, quiso acompañar a su Pastor al camposanto. Actualmente los restos del Sr. Herrera y Piña reposan en la Cripta de la Catedral Metropolitana de esta Arquidiócesis de Monterrey.
Sintetizando, podemos decir que Mons. Herrera fue una persona de carácter, incansable en las acciones generosas, tenaz, emprendedor, jovial, amable, tratable y eminentemente social; lo mismo se relacionaba con pobres, ricos, profesionistas, obreros, tratando a todos con finas maneras. De inteligencia preclara, recto, sencillo y de gran corazón, sensible a las necesidades de los demás, conocedor de la realidad histórica de su tiempo y comprometido con ella.
En el aspecto espiritual fue un hombre humilde, de profunda fe, que supo ver en todos los acontecimientos la mano de Dios, aprovechando los dolorosos para acompañar a nuestro Salvador en sus sufrimientos. Dispuesto siempre a hacer la voluntad de Dios, a pesar de los más grandes sacrificios. En todos los momentos de su vida bendecía a Dios y se mostraba agradecido.
De honda vida interior, amante de la Eucaristía, solía decir que “ante Jesús Sacramentado se disipan todos las tristezas, y las mismas penas se convierten en almibar”.
Pastor infatigable, con gran fidelidad a su ministerio, realizó su apostolado hasta el heroismo. No medía el peligro, pues no lo detenían ni la enfermedad, ni las inclemencias del tiempo, ni la dificultad en los medios de comunicación, ni la dificil situación geográfica, ni los peligros por la Revolución, para llegar a las personas más abandonadas, buscando siempre y solamente la GLORIA DE DIOS.
Vivió como víctima en el cumplimiento de su deber como pastor, pues calumniado y recibiendo amenazas hasta de muerte, decía: “Si Dios quiere que me conquiste el cielo recorriendo sendas cubiertas de abrojos y espinas, ¿Por qué rehusar los sinsabores, que quedaron endulzados cuando nuestro Redentor desde la cruz, por nuestro amor, daba a sus perseguidores la prueba más clara de su cariño infinito, e intensísimamente acendrado y divino? Hasta ingratitud suma parece rehuir el cuerpo cuando el Señor nos presenta la oportunidad de atesorar merecimientos de vida eterna”.
Ante el sufrimiento, decía: “Qué maravilla que podamos sufrir, cuando estamos seguros que es el Señor el que busca a sus víctimas. Más aún, debemos alegrarnos que nos haya elegido entre las primeras y rogarle que nos ayude a corresponder a su divina voluntad...Alegrémonos con sentimientos de positivo gozo”.
Con su vida, José Juan de Jesús Herrera y Piña dio testimonio valiente de Jesucristo; con su muerte, lección de fidelidad a la Iglesia, oculto para no verse obligado a abandonar a sus ovejas, propició una apoteosis de fe, para cumplir en aquella era de persecución, la célebre frase: la sangre de los mártires es semilla de cristianos.